El Tesla Roadster volador parece una de esas ideas que hace algunos años habríamos visto en una película y descartado con un: “eso jamás va a pasar”.
Pero aquí estamos.
Un automóvil que acelera en menos de un segundo, utiliza propulsores y, en su versión más extrema, puede elevarse y realizar maniobras en el aire.
Sí, parece ciencia ficción.
Pero hubo algo de la presentación que me llamó todavía más la atención: Elon Musk quería público presente para demostrar que lo que estaban viendo realmente estaba ocurriendo y que no se trataba de una creación hecha con Inteligencia Artificial.
Y ahí aparece una pregunta mucho más interesante:
¿En qué momento empezamos a desconfiar de lo que vemos?
Tesla presentó tres configuraciones de su deportivo: Performance, Thrust y Rocket.
La versión Performance tendría dos plazas y podría pasar de cero a cerca de 100 kilómetros por hora en menos de 1,6 segundos.
La versión Thrust incorporaría propulsores traseros y reduciría ese tiempo a menos de 0,9 segundos.
Y luego está Rocket.
Una sola plaza, propulsores y capacidad para elevarse y realizar maniobras aéreas. Tesla ha señalado que esta configuración podría acercarse a los 100 kilómetros por hora en menos de 0,59 segundos.
Sí.
Menos de un segundo.
No sé usted, pero yo todavía estoy procesando la idea de un carro que acelera más rápido de lo que uno alcanza a decir: “arrancó”.

Lo realmente curioso fue la necesidad de tener testigos.
Personas capaces de decir después:
“Yo lo vi. Estuve ahí. Pasó de verdad”.
Eso dice muchísimo del momento tecnológico que estamos viviendo.
Antes una fotografía era una prueba. Luego lo fue un video.
Hoy podemos tener fotografía, video, audio y hasta una persona aparentemente hablando frente a nosotros… y aun así preguntarnos:
¿será real?
Vemos algo extraordinario y nuestra primera reacción muchas veces ya no es sorprendernos.
Es pensar: “seguro es IA”.
Antes decíamos “ver para creer”.
Ahora parece que tendremos que acostumbrarnos a algo diferente:
ver ya no siempre será suficiente para creer.
Y ahí está, para mí, la verdadera historia detrás de este carro.
No solamente estamos viviendo una revolución tecnológica que cambia vehículos, empresas o profesiones.
También está cambiando nuestra confianza en la información.
Cada vez será más importante preguntarnos quién publicó una imagen, de dónde salió un video, cuál es su contexto y si existe una fuente confiable que respalde lo que estamos viendo.
No significa desconfiar de absolutamente todo.
Significa aprender a mirar con criterio.
Verificar.
Comparar.
Preguntar.
Y entender que una tecnología poderosa necesita personas capaces de utilizarla con responsabilidad.

Muchísimo.
Porque hablar de Inteligencia Artificial no debería quedarse únicamente en aprender a usar herramientas.
El verdadero reto está en comprender qué cambia cuando estas tecnologías entran en nuestra vida, en el trabajo y en la educación.
El programa trabaja temas como innovación curricular, transformación digital, analítica educativa y uso ético, crítico y reflexivo de tecnologías emergentes.
Y ahí está la conexión.
La educación no puede limitarse a enseñarnos cómo utilizar la tecnología que existe hoy.
También tiene que prepararnos para comprender la que aparecerá mañana.
Porque seguramente vendrán más vehículos que desafíen lo que conocemos, sistemas de IA más sofisticados y herramientas que todavía ni siquiera imaginamos.
Frente a eso, el conocimiento técnico será importante.
Pero habrá algo todavía más importante:
el criterio.

Ese es quizá uno de los grandes retos de la educación superior.
¿Cómo preparar a una persona para un mundo que todavía está cambiando?
Tal vez la respuesta no esté solamente en enseñar herramientas.
Está en enseñar a aprender, cuestionar, investigar, crear y adaptarse.
Porque el futuro no necesita únicamente personas que sepan utilizar tecnología.
Necesita personas capaces de entenderla, cuestionarla y decidir responsablemente cómo utilizarla.
Tal vez.
Aunque todavía estamos lejos de salir de casa y despegar para evitar un trancón en Bogotá.
Y, pensándolo bien, antes tendríamos que resolver algunas cosas.
¿Quién controla el tráfico aéreo?
¿Dónde se parquean?
¿Necesitaríamos licencia de conducción o de piloto?
¿Y quién pone la direccional allá arriba?
Bromas aparte, noticias como esta vuelven a recordarnos algo:
lo imposible suele durar menos de lo que pensamos.
Hubo una época en la que una videollamada parecía ciencia ficción.
También parecía imposible llevar un computador en el bolsillo.
Hoy ambas cosas forman parte de nuestra vida cotidiana.
Por eso quizá la pregunta no sea si algún día tendremos carros voladores.
La pregunta es:
¿estaremos preparados para entender el mundo que esas tecnologías van a crear?
La próxima vez que vea algo sorprendente en internet y piense inmediatamente “eso es IA”, quizás valga la pena detenerse unos segundos.
Puede que sea falso.
Puede que sea real.
O puede que el futuro simplemente haya llegado antes de lo que esperábamos.
¿Usted se subiría a un carro capaz de despegar del suelo?