Probablemente usted ya vio uno de esos videos.
Dos adolescentes frente a frente. Una multitud alrededor. Música de fondo. Uno hace un movimiento que parece sacado de un videojuego, el otro responde con una pose todavía más extraña y el público grita.
Sí. Bienvenidos a las batallas de farmear aura.

Si usted es adulto y acaba de leer esto pensando “¿pero qué es eso?”, tranquilo. No está solo.
El término viene de mezclar el lenguaje de los videojuegos con la cultura de internet. “Farmear” hace referencia a acumular recursos o puntos, mientras que “aura” se utiliza en redes sociales para hablar de la presencia, el estilo, la seguridad o el carisma que proyecta una persona. En estas batallas, los adolescentes se enfrentan haciendo poses, gestos, bailes o movimientos inspirados en videojuegos, memes y otras tendencias virales. Gana, en esencia, quien logre imponer más presencia frente a su adversario y convencer al público de que tiene más “aura”.
Y aquí aparece la pregunta que probablemente muchos padres, madres, docentes y adultos ya se están haciendo:
¿Esto es malo?
La primera respuesta que nos sale como adultos puede ser: sí.
Porque, seamos sinceros, visto desde afuera parece una completa pérdida de tiempo.
“Estos jóvenes ya no saben qué más hacer con sus vidas”.
Y sí, probablemente sea una ridiculez.
Pero qué linda ridiculez.
Porque estamos hablando de adolescentes.
Y a veces se nos olvida lo que significa realmente ser adolescente.
La adolescencia es, entre muchas otras cosas, una etapa para probar identidades.
Es opinar de todo. Cambiar de estilo. Vestirse raro. Maquillarse de una manera que a los adultos nos parece exagerada. Usar ropa prestada. Crear códigos que nadie más entiende. Reírse de cosas que para nosotros no tienen ninguna gracia. Querer pertenecer a un grupo y, al mismo tiempo, querer diferenciarse de todos los demás.
Es hacer el ridículo.
Muchas veces.
Y volverlo a hacer al día siguiente.
Porque en esa etapa se está construyendo la identidad. Se está descubriendo qué me gusta, qué no me gusta, cómo quiero verme, cómo quiero relacionarme con otros y, sobre todo, qué tan cómodo me siento siendo yo mismo frente a los demás.
Entonces, ¿por qué nos preocupa tanto cuando los adolescentes hacen cosas que nos parecen absurdas?
Tal vez porque olvidamos que ser adolescente siempre ha sido un poco absurdo.
Antes fueron los emos, los hippies, los skaters, las tribus urbanas, las batallas de breakdance, los grupos que se reunían en parques, los que vestían completamente de negro o los que encontraban una canción, una estética o una forma de hablar que parecía incomprensible para los adultos.
Cada generación ha tenido sus propias maneras de decir:
“Esta es nuestra forma de ser”.

Y aquí sí tenemos que detenernos.
Estos adolescentes crecieron en un mundo distinto al que conocimos muchos de nosotros.
Pasaron por una pandemia que los aisló durante años que eran especialmente importantes para aprender a relacionarse, hacer amigos, resolver conflictos, ocupar espacios y construir vínculos.
Y después volvieron a un mundo en el que las redes sociales son también un escenario permanente.
Los adolescentes saben que pueden ser grabados en cualquier momento. Que una equivocación puede convertirse en un video. Que una opinión puede quedar publicada. Que una foto puede circular mucho más allá del grupo de amigos para el que fue tomada.
En otras palabras: crecieron bajo una especie de hipervigilancia social.
Y mientras nosotros les reclamamos que “salgan más”, “socialicen”, “dejen el celular” y “conozcan gente”, resulta curioso que ahora aparezcan fenómenos que, precisamente, están llevando a algunos jóvenes a encontrarse físicamente en parques, plazas y otros espacios para hacer algo juntos.
Incluso una tendencia nacida en internet está logrando algo bastante paradójico: sacar a los jóvenes de sus casas para encontrarse cara a cara.
Sí, están grabándolo.
Sí, probablemente lo van a subir a TikTok.
Sí, probablemente alguien va a hacer un meme con eso.
Pero también están ahí.
Juntos.
Riéndose.
Compitiendo.
Perdiendo.
Haciendo el ridículo.
Y, sobre todo, perdiendo el miedo a hacerlo.

También hay algo que como adultos deberíamos revisar.
Nos preocupa que los jóvenes estén todo el día pegados a una pantalla, pero no siempre nos preguntamos qué están encontrando cuando miran esa pantalla.
La generación anterior creció con determinadas referencias culturales: novelas juveniles, programas infantiles, series, superhéroes, películas y personajes pensados específicamente para sus edades.
Hoy, un adolescente puede pasar de un videojuego a un influencer de maquillaje, de ahí a un creador de contenido sobre estilos de vida, luego a un video de humor y después a un discurso sobre cómo debería comportarse para “ser un hombre de verdad”.
Todo en cuestión de minutos.
Por eso, quizá la conversación no debería ser únicamente:
“¿Por qué mi hijo quiere hacer una batalla de aura?”
También deberíamos preguntarnos:
“¿Con qué otros contenidos está construyendo su idea del mundo?”
Porque entre todas las cosas extrañas que puede encontrar un adolescente en internet, sinceramente, una competencia en la que dos chicos intentan superarse haciendo poses ridículas frente a sus amigos no parece ser la peor de ellas.
Primero, preguntemos.
No prohibamos automáticamente algo que todavía no entendemos.
Preguntemos qué es. Cómo funciona. Quiénes participan. Qué hacen. Por qué le gusta.
Y, por supuesto, acompañemos.
Porque una cosa es permitir que un adolescente explore, juegue, socialice y haga el ridículo; otra muy distinta es permitir situaciones de violencia, humillación, exposición excesiva o comportamientos que puedan ponerlo en riesgo.
El acompañamiento adulto sigue siendo necesario.
Pero acompañar no significa controlar cada movimiento.
A veces también significa mirar desde lejos y pensar:
“No entiendo absolutamente nada de lo que están haciendo, pero están pasándola bien”.
Y quizá eso sea suficiente.
Hay algo profundamente valioso en aprender que no siempre tenemos que vernos perfectos.
Que podemos equivocarnos.
Que podemos bailar mal.
Que podemos hacer una pose absurda.
Que podemos intentar algo y que los demás se rían.
Que podemos perder una competencia y volver a intentarlo.
Que podemos descubrir que no somos buenos para algo y aun así divertirnos haciéndolo.
Aprender a hacer el ridículo también es aprender a vivir con el ridículo.
Y eso construye confianza, resiliencia y personalidad.
Porque una persona que nunca se atreve a hacer algo por miedo a lo que otros puedan pensar termina viviendo bajo la mirada de los demás.
Y qué difícil debe ser crecer sintiendo que cada movimiento tiene que ser perfecto.
Por eso, entre tantas preocupaciones que tenemos sobre los adolescentes de hoy, quizá podamos permitirnos una pequeña contradicción:
sí, que hagan cosas absurdas.
Que salgan.
Que se encuentren.
Que creen comunidades.
Que inventen códigos que nosotros no entendamos.
Que sean raros.
Que se rían.
Que bailen.
Que compitan.
Que hagan el ridículo.
Y que después vuelvan a casa y nos cuenten cómo les fue.
Porque, puestos a elegir, yo también prefiero que un adolescente esté en un parque intentando demostrar que tiene más “aura” que su amigo…
a que esté solo en su habitación viendo un video del Temach.
Artículo de opinión | Valentina Rodríguez Romero
El contenido de este artículo refleja la postura personal de su autora y no necesariamente la posición institucional de la Universidad.