Carne, huevos, frutas y hasta leche sin pasteurizar. Miles de jóvenes están mirando hacia el pasado para transformar su alimentación. Pero detrás de esta tendencia viral hay una pregunta que merece más atención: ¿realmente estamos comiendo como nuestros antepasados o como nos dicen los influencers que ellos comían?
Columna de opinión | INCCAldía
La dieta ancestral se ha convertido en una de esas tendencias que parecen tenerlo todo para conquistar las redes sociales: cuerpos musculosos, platos llenos de carne, huevos, frutas, promesas de mayor energía y una idea que suena bastante convincente: volver a comer como nuestros antepasados para vivir mejor. En TikTok e Instagram, especialmente entre jóvenes interesados en el ejercicio y el bienestar físico, esta propuesta despierta curiosidad y controversia. Pero ¿qué tan ancestral es realmente esta forma de alimentarnos?
Confieso que hay algo de esta tendencia que me llama profundamente la atención. No es solamente lo que aparece en los platos, sino la facilidad con la que hemos empezado a creer que una práctica es saludable porque alguien la presenta como natural.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿desde cuándo un video viral se convirtió en una autoridad sobre nuestra alimentación?

Si todavía no te has encontrado con uno de estos videos, probablemente pronto aparecerá en tu pantalla.
Un joven frente a la cámara prepara un plato con carne de res, varios huevos, frutas y otros alimentos de origen animal. Algunos creadores de contenido llevan la tendencia mucho más lejos: consumen carne cruda, vísceras o leche sin pasteurizar, mientras aseguran que están recuperando la forma auténtica de alimentarse.
Los videos suelen acompañarse de discursos sobre fuerza física, rendimiento, energía y rechazo a determinados productos industrializados.
La idea es sencilla: si nuestros antepasados comían alimentos más naturales, regresar a esa alimentación debería hacernos más saludables.
Y reconozco que hay algo valioso en esa intención. En una época en la que abundan productos con formulaciones complejas y hábitos alimentarios poco equilibrados, preguntarnos por la calidad de lo que consumimos es necesario.
Sin embargo, la dieta ancestral viral no tiene una única definición científica. Algunos de sus seguidores incluyen frutas y vegetales; otros se acercan a la dieta carnívora, que restringe o elimina los alimentos de origen vegetal.
Ahí comienza el verdadero debate.
Porque una cosa es elegir alimentos variados y poco procesados, y otra muy distinta es asumir que consumir únicamente ciertos productos garantiza una mejor salud.

Creo que el éxito de la dieta ancestral no se explica solamente por la comida.
Detrás también existe una búsqueda de identidad, bienestar y pertenencia.
En algunas comunidades digitales, especialmente aquellas relacionadas con el ejercicio físico masculino, comer de manera ancestral se presenta como una demostración de disciplina, fortaleza y autocontrol.
Ya no se trata únicamente de lo que comemos. También se trata de la imagen que queremos proyectar.
Un plato de carne puede terminar representando fuerza; rechazar ciertos alimentos, disciplina; y consumir productos crudos, una supuesta conexión con lo más primitivo del ser humano.
Pero la alimentación no debería convertirse en una prueba de masculinidad ni en una competencia por demostrar quién vive de manera más natural.
Mucho menos cuando hablamos de decisiones que pueden afectar nuestra salud.
Una investigación publicada en 2026 en Journal of Health, Population and Nutrition analizó 1.169 publicaciones de 19 creadores de contenido sobre dietas carnívoras. El estudio identificó una promoción predominantemente favorable de esta alimentación, acompañada de afirmaciones sobre sus supuestos beneficios, pese a las limitaciones de la evidencia científica disponible.
Es importante distinguir: la dieta carnívora y la dieta ancestral no son exactamente lo mismo, aunque sus mensajes pueden cruzarse en redes sociales.
Esto me lleva a pensar que quizás el problema no es que los jóvenes estén interesados en alimentarse mejor. Al contrario, esa preocupación es bienvenida.
El problema aparece cuando confundimos popularidad con conocimiento.

Aquí vale la pena detenernos.
No todos los alimentos que aparecen en los videos de la dieta ancestral son perjudiciales. La carne, los huevos, las frutas y otros productos pueden formar parte de una alimentación equilibrada, según las necesidades de cada persona.
Pero tampoco debemos asumir que algo es seguro simplemente porque es natural.
Consumir carne cruda o leche sin pasteurizar, por ejemplo, puede exponernos a microorganismos capaces de producir enfermedades.
Y eliminar grupos completos de alimentos sin orientación profesional puede ocasionar desequilibrios nutricionales.
Una revisión científica publicada en Nutrients en 2026 encontró que la evidencia sobre los beneficios a largo plazo de las dietas exclusivamente carnívoras sigue siendo limitada, mientras existen preocupaciones relacionadas con posibles deficiencias nutricionales y cambios en el colesterol.
Lo ancestral no siempre es sinónimo de saludable, así como lo moderno no siempre significa perjudicial.
De hecho, muchas de las tecnologías que utilizamos actualmente para conservar y procesar alimentos han permitido reducir riesgos microbiológicos y mejorar su disponibilidad.
¿No resulta contradictorio que, en nombre de regresar al pasado, algunas personas estén rechazando conocimientos científicos que precisamente han ayudado a proteger nuestra salud?
Esta es, quizás, la pregunta que más me interesa plantear.
Cuando veo esos videos de alimentación ancestral, me pregunto por qué los alimentos tradicionales de Latinoamérica tienen tan poca presencia en determinadas versiones de la tendencia.
¿Acaso nuestros antepasados solamente comían carne?
¿Dónde quedaron el maíz, la papa, la yuca, los fríjoles y tantas otras especies que han acompañado a nuestras comunidades durante generaciones?
En Colombia, nuestra historia alimentaria no se puede contar sin mencionar la agricultura, las cocinas tradicionales y el conocimiento de los pueblos indígenas.
Mientras algunos influencers presentan una dieta basada principalmente en productos animales como si representara a toda la humanidad, olvidamos que nuestros antepasados tuvieron formas de alimentación profundamente diversas, determinadas por sus territorios, culturas y recursos.
La alimentación ancestral de los Andes no es idéntica a la de la Amazonía, ni esta a la del Caribe.
Por eso me parece que necesitamos mirar esta tendencia con mayor sentido crítico.
No para desacreditar a quienes quieren cambiar sus hábitos, sino para recordar que no existe una única manera de comer como nuestros antepasados.
Y que nuestra propia historia también merece aparecer en esa conversación.
Precisamente, frente a tendencias como esta, cobra importancia el papel de quienes estudian los alimentos desde el conocimiento científico.
Con más de 50 años de trayectoria en este campo, el programa representa una conexión entre la investigación y los desafíos actuales de nuestra alimentación.
Y quiero resaltar algo: la Ingeniería de Alimentos no existe solamente para crear productos nuevos. También permite comprender qué ocurre con ellos durante su procesamiento, cómo conservarlos adecuadamente y de qué manera garantizar condiciones seguras para su consumo.
Algo especialmente relevante cuando en las redes sociales se difunden recomendaciones sobre alimentos crudos o se cuestionan tecnologías como la pasteurización.
Además, en un país con nuestra biodiversidad, este campo profesional ofrece oportunidades para investigar y aprovechar ingredientes tradicionales, impulsar la innovación y reconocer el potencial alimentario de nuestros territorios.
Porque el verdadero avance no consiste en enfrentar la tradición con la ciencia.
Consiste en permitir que dialoguen.
No creo que debamos burlarnos de los jóvenes que siguen esta tendencia. De hecho, me parece positivo que nuevas generaciones se interesen por conocer qué están comiendo.
Pero sí considero que necesitamos recuperar algo que las redes sociales no siempre estimulan: el pensamiento crítico.
Antes de adoptar una dieta porque promete más fuerza, energía o bienestar, deberíamos preguntarnos qué evidencia existe, qué riesgos puede tener y si realmente responde a nuestras necesidades.
Y antes de afirmar que estamos comiendo como nuestros antepasados, quizás deberíamos preguntarnos algo todavía más importante:
¿Cuánto sabemos realmente de ellos?
La dieta ancestral puede ser una oportunidad para conversar sobre alimentación saludable, ciencia, identidad cultural y el valor de nuestros productos tradicionales.
Una conversación en la que la Ingeniería de Alimentos de la Universidad INCCA de Colombia tiene mucho sentido, porque comprender los alimentos también significa entender su relación con la salud, la tecnología y la sociedad.
Al final, no necesitamos rechazar todos los avances de la alimentación moderna para reconocer el valor de nuestras raíces.
Tampoco necesitamos convertir una dieta en tendencia para aprender a comer mejor.
Quizás la próxima vez que aparezca un influencer explicándonos cómo alimentarnos como nuestros antepasados, deberíamos hacerle una pregunta muy sencilla:
Si de verdad queremos volver a nuestras raíces, ¿por qué seguimos dejando por fuera los alimentos que crecieron en nuestra propia tierra?
Porque la dieta ancestral puede estar de moda.
Pero nuestra historia alimentaria lleva siglos esperando que aprendamos a valorarla.
¿Seguirías una dieta ancestral que viste en TikTok? ¿O crees que estamos idealizando una forma de alimentación que conocemos muy poco? Comparte esta columna y conversemos.